AQUEL 14 DE MARZO, EL DÍA QUE SUPIMOS QUE PODÍAMOS 

Hay partidos que se ganan. Hay partidos que se recuerdan. Y después están esos partidos que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en una especie de punto de quiebre. El 14 de marzo de 2026 fue uno de ellos para Venezuela. Aquella noche, en Miami, la Vinotinto del béisbol no solamente derrotó 8-5 a Japón en los cuartos de final del Clásico Mundial. Aquella noche descubrimos algo mucho más grande: que Venezuela podía mirar de frente a cualquiera.

Y vaya rival que tenía enfrente.

Japón llegaba con la etiqueta de campeón defensor, con una generación de peloteros aque parecía diseñada para estos escenarios y con Shohei Ohtani como uno de los rostros principales de una selección acostumbrada a ganar. Venezuela, en cambio, cargaba con años de expectativas, frustraciones y aquella sensación recurrente de que, cuando llegaba el momento decisivo, siempre faltaba algo.

Pero el béisbol tiene esas noches en las que decide cambiar la historia.

Ronald Acuña Jr. había abierto el partido con un cuadrangular ante Yoshinobu Yamamoto. Ohtani respondió inmediatamente. Japón golpeó todavía más fuerte en el tercer episodio y llegó a tener ventaja de 5-2. Por momentos parecía que la lógica se imponía: el campeón tomando el control, Venezuela contra las cuerdas y Miami preparándose para despedir a otra selección venezolana que había llegado con sueños de grandeza.

Pero esta vez fue diferente.

Maikel García conectó un jonrón que volvió a encender una esperanza que parecía apagarse. Venezuela se acercó. El dugout comenzó a creer. Y entonces llegó el sexto inning.

Ezequiel Tovar estaba en circulación. Gleyber Torres también. El turno era para Wilyer Abreu.

Y allí ocurrió algo que difícilmente podrá explicarse solamente con estadísticas.

Abreu esperó su lanzamiento y descargó el bate con una violencia hermosa. La pelota salió disparada hacia el jardín derecho, recorriendo 409 pies antes de desaparecer detrás de la cerca. Tres carreras. Venezuela pasaba de perder 5-4 a ganar 7-5. El estadio explotó. El dugout venezolano se convirtió en una locura. Y Wilyer, después de contemplar durante unos segundos la trayectoria de aquel batazo, soltó el bate y comenzó a caminar hacia primera como quien acababa de entender que acababa de escribir una página que no le pertenecía únicamente a él. 

Ese fue el cuadrangular.

Pero, sobre todo, ese fue el momento.

Porque aquel batazo de Wilyer Abreu no solamente sacó la pelota del parque. Sacó de Venezuela algo que durante mucho tiempo pareció pesar demasiado: el miedo a no poder.

Habíamos visto a Venezuela tener grandes equipos. Habíamos visto estrellas. Habíamos visto generaciones completas de peloteros extraordinarios. Habíamos visto a Miguel Cabrera, José Altuve, Félix Hernández, Carlos González, Johan Santana y tantos otros cargar con la ilusión de un país. Pero en el Clásico Mundial siempre existía esa barrera invisible entre ser candidato y convertirse verdaderamente en protagonista.

El 14 de marzo esa barrera desapareció.

Japón intentó reaccionar, pero Venezuela ya había cambiado el guion. El bullpen hizo el trabajo sucio, apagó los bates japoneses y llegó a retirar a 13 bateadores consecutivos. Ángel Zerpa terminó la faena ponchando a Ohtani, como si la noche necesitara una última imagen cinematográfica para confirmar que aquello era real. 

El marcador terminó 8-5.

Japón eliminado. Venezuela en semifinales.

Pero si alguien pregunta qué fue lo más importante de aquel partido, probablemente la respuesta no esté en el marcador. Tampoco en los diez hits venezolanos ni en los tres cuadrangulares. Ni siquiera en la clasificación a semifinales.

Está en aquella sensación que recorrió a millones de venezolanos cuando la pelota de Abreu desapareció por encima de la pared.

“Sí podemos”.

Eso fue lo que significó aquel swing.

Wilyer Abreu, un muchacho nacido en Maracaibo, tomó un turno contra una de las mejores selecciones del planeta y decidió que no quería ser espectador de la historia. Quería escribirla. Su jonrón de tres carreras se convirtió en el batazo que cambió el partido y, quizás, en uno de los swings más importantes que un venezolano haya protagonizado en un Clásico Mundial. 

Y lo más bonito es que aquella noche no terminó allí.

Venezuela avanzó. Luego derrotó a Italia en semifinales y alcanzó por primera vez la final del Clásico Mundial. Días después, también conquistaría el campeonato frente a Estados Unidos. Pero, incluso después de todo eso, resulta difícil separar aquella corona del momento exacto en que nació la verdadera convicción.

El 14 de marzo.

La noche en la que Venezuela dejó de preguntarse si podía competir contra los grandes y comenzó a comportarse como uno de ellos.

Quizás por eso aquel cuadrangular de Wilyer Abreu será recordado mucho más allá de sus 409 pies.

Porque algunas pelotas solamente vuelan.

Otras cambian la historia.

Y aquella, aquella pelota que salió disparada del bate de Wilyer Abreu contra Japón, nos enseñó a todos que Venezuela sí podía.