LA CATÁSTROFE DE MATURÍN, EL DÍA QUE SE ACABARON LAS EXCUSAS

Por mucho tiempo nos dijeron que había que creer en el proceso. Creímos. Nos dijeron que había que respaldar al Bocha Batista. Lo respaldamos. Nos dijeron que la Federación Venezolana de Fútbol tenía un proyecto y que, por primera vez, el Mundial estaba realmente cerca. También lo compramos. Hasta que llegó el 9 de septiembre de 2025. Hasta que Maturín se convirtió en la escena de una de las noches más dolorosas que ha vivido el fútbol venezolano.

Hay derrotas que forman parte del deporte y hay derrotas que obligan a mirar al espejo. El 3-6 contra Colombia fue de esas. No fue un simple tropiezo en una Eliminatoria larga. Fue la caída estrepitosa de una selección que llegó a su última oportunidad dependiendo de sí misma y terminó recibiendo seis goles en el partido que debía definirlo todo. Venezuela quería el repechaje. Quería mantener vivo el sueño mundialista. Terminó sin Mundial, sin repechaje y con una cantidad enorme de preguntas que durante meses muchos prefirieron no hacer.

Porque antes de aquella noche hubo una especie de blindaje alrededor del proceso. Criticar al Bocha Batista parecía, en determinados momentos, casi un sacrilegio. “Hay que darle continuidad”, “hay que confiar”, “este es el mejor proceso de nuestra historia reciente”. Y quizás tenían razón. Batista consiguió resultados importantes, generó estabilidad y lideró una selección que por momentos hizo soñar a todo un país. El problema no fue defenderlo. El problema fue convertir esa defensa en una excusa para no cuestionar absolutamente nada.

Lo mismo ocurrió con la Federación. Durante buena parte del camino se habló de planificación, estructura, continuidad y proyecto. Y claro que Venezuela necesitaba todo eso. Nadie discute la importancia de construir un proceso serio. Pero un proceso no puede convertirse en una palabra mágica capaz de justificarlo todo. En el fútbol profesional los procesos también se evalúan. Se miden. Se cuestionan. Y, sobre todo, se juzgan cuando llega el momento para el que fueron construidos.

Ese momento era Maturín.

El Monumental estaba preparado para una fiesta. Venezuela comenzó ganando y el país entero se permitió pensar que, esta vez, la historia sería diferente. Telasco Segovia marcó el primero. Josef Martínez puso el segundo. Por unos instantes, la Vinotinto tuvo el partido donde quería tenerlo. Pero entonces apareció Colombia, apareció Luis Javier Suárez y apareció también la fragilidad que tantas veces se intentó maquillar durante el proceso.

Cuatro goles de Suárez. Seis de Colombia. Tres de Venezuela. El marcador final parecía escrito por un guionista cruel. Y mientras en Maturín la Vinotinto se desangraba, Bolivia hacía su trabajo y derrotaba a Brasil para quedarse con el repechaje. Venezuela no solo estaba perdiendo contra Colombia: estaba viendo cómo se cerraba definitivamente la última puerta hacia el Mundial.

Lo verdaderamente doloroso es que aquella noche no destruyó solamente un resultado. Destruyó una narrativa.

Durante meses se había hablado de una generación dorada. De los jóvenes que estaban llamados a cambiar la historia. De una Vinotinto que ya no debía conformarse con competir, sino que debía clasificar. Se había instalado la sensación de que Venezuela finalmente estaba preparada. Y cuando un país empieza a creer, las expectativas cambian. Ya no basta con jugar bien. Ya no basta con competir. Ya no basta con llegar cerca. Hay que dar el golpe.

Venezuela no lo dio.

Y aquí es donde comienza la discusión incómoda. ¿Fue Batista el único culpable? No. ¿Fue la Federación la única responsable? Tampoco. ¿Fue el 3-6 consecuencia exclusivamente de una mala noche? Sería demasiado sencillo decirlo. Aquella goleada fue el resultado final de un proceso que tuvo virtudes, pero también errores que deben ser analizados sin sentimentalismos. Porque defender a la Vinotinto no significa aplaudirlo todo. Amar a una selección también significa exigirle.

Y quizás esa sea la deuda más grande que dejó Maturín: la necesidad de dejar de confundir apoyo con conformismo.

El fútbol venezolano necesita dirigentes que entiendan que clasificar a un Mundial no puede depender únicamente de una generación talentosa. Necesita estructura, formación, planificación, competencia interna, desarrollo de categorías inferiores y una selección mayor capaz de responder bajo presión. Necesita entrenadores que sean evaluados por sus decisiones y no únicamente por sus discursos. Y necesita periodistas, aficionados y protagonistas dispuestos a preguntar incluso cuando las preguntas incomodan.

Porque el 9 de septiembre no debería recordarse únicamente como el día en que Colombia goleó 6-3 a Venezuela. Debería recordarse como el día en que se acabaron las excusas.

Maturín fue una desgracia porque Venezuela estuvo demasiado cerca. Porque durante meses millones de personas imaginaron cómo sería ver a la Vinotinto en un Mundial. Porque aquella selección consiguió que un país entero volviera a creer. Y porque, cuando llegó la hora definitiva, todo se derrumbó en 90 minutos.

Quizás algún día Venezuela clasifique y aquella noche deje de doler. Quizás dentro de algunos años el 3-6 sea apenas una estadística perdida entre tantas Eliminatorias. Pero hoy no lo es. Hoy Maturín representa una herida abierta y una advertencia: el fútbol venezolano ya no puede conformarse con estar cerca del Mundial. La próxima generación tendrá que aprender a cruzar esa puerta.

Porque aquella noche no murió el sueño de Venezuela. Murió una forma de creer que con estar cerca era suficiente.